Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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—El caballo sabe el camino; le dejará a usted en la herrería de Aspillaga.

—Muy bien.

La noche había aclarado; la luna, en creciente, aparecía envuelta en nubes, y su luz alumbraba con vaguedad el mar. El viento bramaba furioso. Círculos de espuma fosforescente brillaban sobre las olas.

Como me había dicho Allen, el caballo sabía el camino y tuve que refrenarlo para que no partiera al galope. Llegué rápidamente a la herrería, y de allí, a pie, volví a mi casa.

No sabía qué decir a mi madre; quizá le iba a producir una gran emoción hablándole de que su hermano vivía a poca distancia de ella, enfermo, casi moribundo.

Cuando entré en mi cuarto, mi madre, aún despierta, me preguntó desde la cama:

—¿Te ha ocurrido algo?

—No, nada.

—¿Te has mojado?

—No.

—¿Pasa algo importante?

—No; mañana te to diré.

Guardé en el cajón de la mesa, bajo llave, la carta que me había dado mi tío para Machín; luego me acosté; pero por más que quise dormir, no pude conseguirlo.


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