Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Quenoveva nos pasó a Mary y a mà al despacho del torrero, lo mejor de la casa, y cerró la puerta para que la prole de chicos y chicas no se nos amontonara encima.
—¡Un señorito! —decÃan aquellos pequeños salvajes, con una curiosidad inmensa.
Mary abrió la puerta y trajo en brazos a un chiquitÃn, que al verse preso y en presencia mÃa empezó a llorar y patear, con tal rabia, que tuvo que dejarlo.
—El torrero tarda —le dije yo a Mary.
—Como está cojo…
—¡Ah! ¿Es cojo?
—SÃ.
Esperamos en el despacho. En la pared habÃa un mapamundi, el plano del faro, en papel azul, clavado con tachuelas; un cronómetro y un barómetro. Sobre la mesa se veÃa un barquito que, sin duda, el torrero estaba tallando con un cortaplumas.
Se oyó poco después en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y entró el torrero, Juan Urbistondo. Urbistondo era un tipo extraordinario, un viejo lobo de mar.