Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Me despedà de Urbistondo y de su familia, y Mary y yo nos dirigimos a Lúzaro por el Izarra. Ella marchaba al mismo paso que yo, con una agilidad de campesina; en sus miradas se expresaba alternativamente la timidez, la audacia y el enfado. El dÃa estaba gris, el mar lleno de bruma; el viento silbaba entre los árboles, agitando las hojas rojizas de las hayas que aún quedaban en las ramas y las copas negruzcas de los pinos. Grandes gotas de agua sonaban en la hojarasca seca.
Mary estaba enfurruñada.
—¿Qué le pasa a usted? —la dije.
—Nada.
—No, algo le pasa. ¿Está usted incomodada conmigo?
—SÃ.
—¿Por qué?
—¡A mà no me ha traÃdo usted anillo! —me dijo, dolorida.
—No importa; le compraré otro más bonito.
—No, no; yo lo quiero igual que el de Quenoveva.
—Pues como el de Quenoveva.
—Además —añadió con la voz preñada de lágrimas—, su madre de usted no me quiere… Ha dicho que yo soy una chica mala…, que ando tirando piedras. Su madre de usted no me quiere…, usted tampoco. Sólo mi padre me querÃa y yo voy a reunirme con él.