Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Y la chica, en un momento de arrebato, se acercĂł al acantilado con intenciĂłn de tirarse al mar; yo la cogĂ de un brazo y la retirĂ© de allĂ.
—Mary —la dije agarrándola enérgicamente y zarandeándola con furia—. ¡Cuidado con hacer necedades!
La muchacha comenzó a sollozar con inmensa amargura. La dejé que llorase largo rato, haciéndome el incomodado, y después, ofreciéndole la mano, le dije:
—Vamos, Mary, que empieza a llover.
Ella puso entre la mĂa su mano pequeña y callosa, y comenzamos a subir el Izarra. ĂŤbamos escalando el monte, deprisa, huyendo del agua. LlovĂa cada vez más fuerte, cuando llegamos cerca de la cueva de la Egan-suguia.
—Entremos aquà —dijo Mary, que, despuĂ©s de las lágrimas, habĂa quedado sonriente y de buen humor.
—AhĂ, mi querida Mary —le dije yo—, hay, segĂşn dicen, una gran serpiente con alas, con garras de buitre y cara de mujer, que se llama Egan-suguia.
—¿Y qué hace?
—Envenena con el aliento y se come a los chicos.
—¿Quién la ha visto?
—Creo que nadie la ha visto.
—¿Y usted la tiene miedo?
—Yo, no.
—Pues vamos a entrar en su casa.