Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Vamos.
Entramos en la cueva. No estaba, como en mi tiempo, llena de malezas, sino completamente limpia; en el fondo habÃa una cama de paja, de algún pastor.
—¿Dónde estás, Egan-suguia? —dijo Mary—. Ven, que queremos hablarte y darte las gracias porque nos prestas tu casa. ¡No aparece!
—Estará haciendo algún recado —repliqué yo—. Quizá se haya perdido por el monte o ande buscando un paraguas por las calles de Lúzaro.
—¡Pobrecita! ¡En una cueva asà debe tener mucho frÃo! Yo no creo que esa Egan-suguia sea tan mala como dicen. Si se comiera los niños, aquà estarÃan los huesos, y no hay nada.
—Es que tiene el estómago fuerte y la picara de ella se los traga. Ahora, Mary, ¿qué hacemos? ¿Quiere usted que vaya a Lúzaro y venga con un paraguas?
—No; sentémonos. Ya pasará la lluvia.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Hablaremos.
Nos sentamos en el suelo.
Mary me preguntó adónde iba a llevarla; le dije quién era la mujer de Recalde y cómo vivÃa; luego me interrogó acerca de lo que pensaba hacer yo; le expliqué cómo tenÃa que embarcarme, lo que ganaba, cuándo volverÃa, todo.