Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Llegamos a la bomba de proa que comunicaba con el otro aljibe, la hicimos funcionar, y trajimos diez o doce litros de agua. Como el viaje se habÃa hecho sin riesgo, lo volvimos a repetir, y llenamos todas las botellas y depósitos que encontramos. El aljibe de proa debÃa quedar también muy mermado.
En uno de los viajes, Burni, señalando con el cañón del rifle, nos dijo:
—Mirad, mirad allá.
Nos quedamos sorprendidos. A la luz pálida del alba se veÃa el cadáver de Zaldumbide, colgado de una verga, balanceándose con los movimientos del barco.
Se lo advertimos al teniente y a Nissen, y éste, con su habitual laconismo, nos dijo:
—Las llaves, las llaves.
—Es verdad —repuso el teniente—; hay que registrarle, a ver si tiene el llavero.
Ninguno de los otros vascos se atrevÃa, y fui yo. Subà por una cuerda y llegué al cadáver. Al estar junto a él me estremecÃ; una cosa saltó sobre mis hombros. Era la mona Mari-Zancos, acurrucada en los hombros del ahorcado. Cogà las llaves, y cuando bajaba oà la voz de Tommy que, desde lo alto de una cofa, decÃa:
—¡Hola! ¡Hola! ¡Buenos dÃas! ¡El capitán está en una postura incómoda, eh!… ¡Ja, ja!… Pues en la otra verga está el doctor Cornelius. Ése sà que está gracioso dando tumbos.