Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia 
Invitamos a Tommy a venir con nosotros, pero dijo que no, que se estaba divirtiendo mucho para meterse en un rincón.
El teniente mandó que cerráramos la puerta de la toldilla y le siguiéramos. Bajamos a nuestra cámara, la abrimos, y salimos a la escalera.
—Cerrad la escotilla —dijo el piloto—; cuando esa gente se despierte entrará a saco en la despensa y no dejará nada. Ahora hay que aprovecharse.
Nos metimos en la despensa y llevamos a nuestra cámara provisiones para quince dÃas, dos barriles de vino y de ron, embutidos, carne seca, galletas; luego entramos en el pañol del pan[212] y lo dejamos casi vacÃo.
Arraitz, que estaba de guardia, nos avisó que la gente comenzaba a ir y venir por la cubierta.
—Vamos ya —dijo el teniente.
—¿Cerramos la despensa? —le pregunté yo.
—No. ¿Para qué? Si se cierra, romperán la puerta.
—Entonces, la dejamos abierta.
—SÃ; dejadla abierta, y dejad abierta la escotilla. Nosotros, adentro.
Desde la sobrecámara pudimos presenciar el alboroto del barco. Los chinos, sobre todo, armaban una algarabÃa infernal.