Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Me parecÃa una amenaza ridÃcula. Era verdad que, al toparse conmigo, me miraba de través; pero no pasaba de ahÃ. MachÃn, apenas estaba en Lúzaro; tenÃa un magnÃfico pailebot de recreo[240], bastante grande, muy fino, hecho en Inglaterra, y se marchaba a pasear por el mar.
El primer domingo que pasé en Lúzaro fue uno de los dÃas más felices de mi vida. Todo el dÃa y toda la tarde estuve en compañÃa de Mary.
Por la tarde, después de comer, cuando fui a casa de Recalde a buscar a mi novia, me encontré con Quenoveva. Le pregunté por su padre, el gran Urbistondo, y por toda la chiquillerÃa, y, aunque ella se oponÃa y se ruborizaba, la abracé efusivamente.
A Mary no le hizo mucha gracia el abrazo que di a su amiga, pero se le pasó pronto el enfado.
—¿Qué le pasa a Quenoveva? —le dije a Mary—. La encuentro más pálida y triste que antes.
—Es que está algo enamorada.
—¿De veras?
—SÃ.
—¿Y de quién?
—De un chico marinero que tú no conocerás, que se llama Agapito. Y él no la hace mucho caso.
—¿No? ¡Qué majadero! ¿Qué más puede desear ese imbécil?
—Si no le parece bien …