Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Llegamos a la cima del monte donde se celebraba la romería. Entramos en la ermita. Brillaban dentro las luces, resplandecían los ex votos y el barquito colgado del techo se balanceaba con las velas desplegadas.

En el raso de la ermita, cercado por una tapia baja encalada, unas cuantas muchachas estaban sentadas. Hubo que comprar una rueda de rosquillas blancas y regalar una a cada uno de los chicos de Quenoveva y al niño de la Cashilda.

Fuimos después a merendar entre los helechos. Allá abajo, en el fondo, se veía Lúzaro como un pueblo de juguete. Ni una lancha aparecía en el mar. Después de merendar, nos reunimos todos los romeros en el raso de la ermita.

—¡Eh, Shanti, hay que bailar! —me dijeron varios viejos pescadores, algunos dándome una palmada en el hombre.

—Ya lo creo, bailaremos.

Efectivamente; cuando empezó la música, yo fui el primero en sacar a bailar a Mary[242].

Después de la charanga comenzó a tocar el tamboril[243]. Genoveva miraba a Agapito melancólicamente con el rabillo del ojo; yo me acerqué a él, y dándole un empujón, le dije:

—Anda, no seas tonto; sácala a bailar.


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