Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Él se decidió. El tal Agapito era de estos mozos petulantes que se creen guapos, y a quienes la estupidez irremediable de las mujeres (al menos asà nos parece a los hombres) va dando alas. Agapito bailaba ex cathedra. Yo me decidà a intentar bailar el fandango al son del tamboril; pero, como no sabÃa mover los pies, hice que se rieran de mà las mujeres y los hombres.
—¡Bravo, Shanti! ¡Bravo! —me gritaban los viejos pescadores, que se acercaron a mirarme todos en fila, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—Creo que estoy bailando como un lobo de mar —le dije a Mary.
Ella no pudo contener la risa. Realmente, los dos desmoralizábamos el baile[244]. Ella, sin poder bailar, riéndose; yo, saltando pesadamente con la gracia de un oso blanco entre los hielos, al lado de Quenoveva y de Agapito, tan serios y tan graves, éramos un insulto a las tradiciones más venerandas del paÃs.
Sabido es que, entre estas tradiciones, la religión y el baile son las más importantes. Por eso dijo Voltaire, con razón, que el pueblo vasco es un pequeño pueblo que baila en la cumbre de los Pirineos[245].
Después de saltar y brincar emprendimos la vuelta entre la algazara de los chiquillos y las canciones de los mozos.
A primera hora de la noche ya estábamos otra vez en Lúzaro, en la plaza, bailando.