Las inquietudes de Shanti Andia

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IV

ARDIDES DE GUERRA

Al ver a Machín de nuevo, comprendí que se había declarado entre los dos una guerra a muerte. Él, con su dinero y su influencia, podía hacerme mucho daño; yo tenía de mi parte a casi todos los pescadores y marineros dispuestos a defenderme.

No era fácil que mi enemigo me cogiese desprevenido como la otra vez; contaba con una policía espontánea que vigilaba mis pasos.

Mi madre estaba deseando que me casara cuanto antes, pero había que pedir dispensa por razón de parentesco; en la fe de bautismo de Mary aparecía como hija legítima de Juan de Aguirre y Lazcano[248].

Un día, al volver a casa, me encontré con que habían dejado un bulto para mí. Era una caja de unos veinte centímetros en cuadro, muy empaquetada y llena de sellos de lacre.

—¿Qué es eso? —me dijo mi madre.

—No sé.

—¿Has pedido algo?

—Yo, no.

—Pero ¿esperas alguna cosa?

—Ninguna.

Desaté el paquete, le quité el papel, y apareció una caja de metal con su asa, y en ésta una llave sujeta por un cordón. En la tapa, en una banda de papel pegada, ponía: «Muy reservado. Para abrirla a solas».


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