Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Estaba soltando la llave para meterla en la cerradura, cuando mi madre me dijo:
—No la abras; no sé por qué me parece que viene algo malo para ti dentro.
Me detuve. La verdad es que esta caja con su advertencia era sospechosa. Pesaba lo menos tres o cuatro kilos. La dejé sin abrir, cogí los papeles que la envolvían, y miré a ver si en ellos había alguna indicación de su procedencia. Nada; no había nada. Llamamos a la criada, que era una muchacha nueva.
—¿Tú has recibido esta caja? —le pregunté.
—Sí.
—¿Quién la ha traído?
—Un hombre.
—Me lo figuro. ¿Pero qué hombre? ¿Un hombre de aquí del pueblo?
—No; yo al menos no le conocía.
—¿Cuándo ha venido?
—Un poco después de llegar la diligencia.
—¿Y qué ha hecho?
—Nada; ha preguntado por usted, ha dejado el paquete y se ha ido.
—¿Le has visto luego en la carretera?
—No.
—¿Ha pasado la diligencia en seguida?
—Sí; no ha tardado mucho.