Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia La primera impresión al entrar en el bote fue de sofocación; los sudestes y ciras de los pescadores echaban un olor, mezcla de aceite de linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable.

Esperamos a ver lo que ocurrÃa, los seis hombres en los remos; yo, de pie, en el timón. Una de las barcas pasó; la otra, según dijeron, se perdÃa.
—¡Hala! ¡Fuera! —dije yo.
Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas formas cambiaban continuamente; a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca del agua, se veÃa una barra negrÃsima, cuyo borde superior tenÃa un tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venÃan de tres o cuatro partes diferentes y se rompÃan en un torbellino de espumas.
En este momento, Larragoyen, quitándose la boina, dijo:
—Un padrenuestro por el primero de nosotros que se ahogue.
Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a lo lejos. El atalayero nos gritó que no fuéramos directamente hacia donde habÃa zozobrado la lancha, sino dando la vuelta.