Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Las otras están allá —me dijo el atalayero, señalándolas—; serÃa preferible que se alejaran a coger Guetaria. Deben venir cansados. Si pretenden entrar aquÃ, se van a perder. ¿Quiere usted decirle a Larragoyen, el patrón, que prepare el bote de salvavidas?
—SÃ, hombre.
Salà de la atalaya, crucé el Rompeolas. El mar saltaba por los malecones y llegaba hasta las mismas casas, haciendo un ruido de terremoto. Metiéndome por el agua, llegué hasta el ángulo del muelle y dije a los pescadores lo que pasaba, lo que me habÃa dicho el atalayero. Se soltó el bote de salvavidas. Larragoyen y otros marineros fueron entrando, a pesar de los gritos de sus mujeres. A mà me miraban, como diciendo: ¿Qué irá a hacer éste? Salté al bote, y Larragoyen, con una galanterÃa marina, me dijo que dirigiera yo. La lancha no tenÃa timón. Para momentos peligrosos, es más conveniente un remo largo, bien sujeto a popa, haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban con ansia. Era un momento aquél por el cual yo tenÃa la certidumbre de que habÃa de pasar alguna vez en mi vida.
Quizá mi sino era morir asÃ, en el mar, de héroe, y que los chicos de mi pueblo hablaran de Shanti AndÃa como de un personaje de leyenda.