Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —¿Pero qué otro objeto podÃa tener? —pregunté yo.
—¡Quién sabe, Shanti, quién sabe! —me dijeron.
Alguno llegó a manifestar la sospecha de si MachÃn no habrÃa salido con su barco con la idea de hacernos naufragar. No era posible convencerles de otra cosa y los dejé. A un marinero, y a un marinero vascongado, no se le convence nunca de nada.
Yo pensaba que MachÃn era, sin duda, un hombre violento, capaz de cosas buenas y de cosas malas, dispuesto lo mismo a salvar a una persona exponiendo su vida que a asesinarla; pero ni al mismo Larragoyen, que era una persona sensata, le pude convencer de esto.
Se olvidaron los detalles tristes de la jornada, para entregarse a la alegrÃa y al vino. Yo me senté entre los patrones y tomamos café y ron.

Shempelar, el del astillero, sacó a relucir una canción que se repitió hasta el mareo. La gracia de la canción consistÃa principalmente en que se referÃa a un capitán piloto y se hablaba de un Shanti.
En el fondo, la canción no decÃa nada; ¿pero eso qué importa? Casi siempre, y aunque parezca absurdo, cuando menos dice una canción es mejor. La canción era asÃ: