Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia —Y mientras tanto, ¡cómo se evita el escándalo! —exclamó el vicario.
—No, no; si eso no puede ser —repuso doña Celestina—. Es perder el tiempo hablar de Juan. Aquà lo único es encontrar un marido y casarla.
—Creo lo mismo que doña Celestina —agregó el vicario.
—Pues vamos a ver quién nos convendrÃa. Yo conozco a todas las familias de los caserÃos… El mozo de Olazábal está casado, el de Olazábal Aspicua es muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro…
—En Iturbide hay un muchacho carbonero… —insinuó el cura.
—Pero ésos son unos salvajes —replicó doña Celestina—. No quiero que la Shele vaya allÃ. La tratarÃan muy mal.
—¿Y MachÃn? —preguntó el cura—. ¿MachÃn el mozo?
—¿El de mi caserÃo?
—SÃ.
—Pero ¿no es tonto ese muchacho?
—¡Ah! ¡Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la Constitución del año doce[265].
El señor vicario se permitÃa alguna bromita de cuando en cuando contra las ideas liberales.
—Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a MachÃn?
—Me parece lo mejor.