Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia El cielo estaba despejado y lleno de estrellas; los charcos, helados; el suelo, endurecido por la escarcha. El viento frÃo soplaba con fuerza. Nos acercamos a la aldea. Era ésta de pocas casas. Los perros ladraban en el silencio de la noche. Pasamos por delante de una casita pobre con dos ventanas iluminadas. Decidimos que Allen entrara a comprar un poco de pan. Allen volvió en seguida, diciendo que no habÃa nadie.
—¿No hay nadie? —exclamó Ugarte—. Pues mejor.
Y entró y volvió al poco rato con un pan y un trozo de cecina.
Estábamos convertidos en ladrones vulgares, Ugarte se dirigió al puerto.
—Pero ¿a qué vamos por aqu� ¿No es mejor ir a la playa? —dije yo.
—Haremos una intentona —contestó él.
Llegados al puerto, se dirigió a un quechemarÃn[301] que estaba atado a una argolla, y bajó a él.
—No hay nadie. ¡Es magnÃfico! Hala, bajad.
—¿Aqu� —pregunté yo en el colmo del asombro.
—¿Por qué no? ¿Qué importa robar un bote o un barco de vela? Es lo mismo.