Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Por la noche, y esquivando las miradas de la gente, llegamos a la finca en donde habÃa estado Allen. Se hallaba ésta a un lado de la carretera y tenÃa delante una frondosa alameda de árboles altÃsimos. La casa era de piedra, grande y negruzca, y estaba rodeada de construcciones bajas, de ladrillo.
El capataz nos dio ropas nuevas, y al dÃa siguiente comenzamos a trabajar en el campo.
A pesar de sus ofrecimientos de tratarnos lo mismo que a los demás obreros, el capataz se aprovechaba de nuestra cualidad de indocumentados y presuntos convictos para explotarnos.
Yo comprendÃa que no habÃa manera de librarse de esta explotación. Allen se defendÃa por ser irlandés; pero Ugarte, que no tenÃa esta preeminencia, se desesperaba y me molestaba continuamente.
—Vámonos de aquà —nos decÃa a cada paso.
—Espera que podamos vestirnos decentemente y reunir unos cuartos, y nos iremos —le decÃa yo.
Esperó, con grandes protestas. Con el primer dinero que tuve compré una chaqueta, un morral y unas botas grandes con polainas. Allen se vistió a la moda del paÃs; Ugarte, cuando se vio con su traje nuevo, dijo que tenÃamos que marcharnos.