Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Él quería que nos fuéramos los dos, dejando a Allen; en cambio, Allen había pensado en abandonar a Ugarte. Yo hubiese preferido ir con Allen y dejar a Ugarte; pero ya éste me daba lástima.

—Creo que lo mejor —les dije a uno y a otro— es que cada cual tire por su lado, y luego nos reuniremos en Francia.

—No, no; eso no.

—Bueno, entonces vayamos los tres juntos y tengamos la misma suerte; pero hay que someterse a una dirección; si no, es imposible.

—Tú mandas —me dijeron los dos—. Te obedeceremos.

—¿De manera que me nombráis el jefe?

—Sí.

—Bueno. Pues desde ahora os advierto que me separaré del que no siga mis órdenes, sea en el camino, en el mar o en cualquier parte.

—Los dos se comprometieron a obedecerme ciegamente.

Al otro día le hablé al capataz. Le dije que, efectivamente, habíamos estado en un pontón presos por cuestiones políticas; que habíamos visto rondando la finca a uno de la policía inglesa, y que teníamos que marcharnos. Añadí que estábamos muy contentos de su acogida y que le suplicábamos que, si le preguntaban algo de nosotros, no dijera nada.


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