Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia El capataz, que era de estos irlandeses que tienen un odio furioso a Inglaterra[305], nos prometió que no sólo no dirÃa nada, sino que si veÃa algún espÃa en la finca lo zambullirÃa en el estanque.
Salimos de allá; pensábamos ir al sur, por la costa, a ganar Wexford, en donde podrÃamos tomar un barco que nos dejara en el continente.
Echamos a andar. Era un dÃa de otoño muy melancólico; el cielo estaba obscuro; lloviznaba; los cuervos pasaban graznando por el aire. Los árboles se despojaban de sus hojas rojizas y amarillas, cubriendo el campo con ellas; las ráfagas de viento las llevaban de acá para allá por el camino; habÃa un olor otoñal de hierba marchita, de helecho mojado y de hojas húmedas.
Marchábamos por la orilla del mar, subiendo y bajando por una sucesión de colinas de poca altura, cubiertas de matorrales. VeÃamos a lo lejos ruinas negruzcas de algún castillo, casas de campo, cuyas chimeneas arrojaban columnas de humo en el aire, verdes praderas, lomas también verdes y algunos bosques espesos y sombrÃos.
El primer dÃa, por la tarde, comenzaron las reyertas entre Ugarte y Allen. ReñÃan por cualquier cosa. Como era natural, el irlandés, encontrándose en su paÃs, lo conocÃa mejor y tenÃa más simpatÃas que nosotros. Ugarte consideraba este hecho tan lógico como un insulto que nos dirigÃan a él y a mÃ.