Las inquietudes de Shanti Andia

Las inquietudes de Shanti Andia

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Aunque nos faltaba poco para el pueblo, decidimos quedarnos allá. Nos sentamos a una mesa y pedimos de cenar.

Ugarte se puso a burlarse del capitán Sandow y de su hija. Al principio me indignó; pero luego me produjo lástima y desprecio, comprendiendo que estaba en uno de sus arrebatos de locura, de insensatez. Ya tanto me dijo y me insultó, que le pregunté con sorna:

—¿Qué te he hecho yo para que me odies así?

—Me estorbas —gritó él—. Uno de los dos sobramos en el mundo.

Y en el paroxismo de la cólera empezó a insultarme con furia, a decirme que estaba deseando que me muriera, porque era su bestia negra.

Allen, desencajado, pálido de rabia, exclamó:

—Yo no lo aguantaría.

—¿Qué te mezclas tú? ¡Canalla! ¡Miserable! —gritó Ugarte.

Y, en su furor, sacó una de las limas de las sacadas del pontón, que aún llevaba, e hirió al irlandés en la mejilla.

Éste, de pronto, se levantó, cogió el banco en donde estaba sentado, lo alzó en el aire y le dio a Ugarte tal golpe en la cabeza, que lo dejó muerto.


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