Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Después Allen, como loco, siguió golpeando el cadáver, la mesa, con una furia de elefante herido, hasta que rompió el banco y se quedó con un trozo de madera en la mano, contemplándolo como un sonámbulo que despierta; luego lo tiró al suelo, y comenzó a llorar. Toda la gente de la taberna había presenciado el hecho, y estaba de parte de Allen[314].
—Vamos —le dije yo—. Hay que huir.
—No, no. ¿Para qué?
Me quedé a su lado. La herida que tenía en la cara era leve.
—Usted, sí. Váyase. Escápese usted —me dijo Allen.
—No, no le abandono.
—Hay testigos aquí de lo que ha pasado. Váyase usted. Si se escapa me puede usted servir mejor desde fuera de la cárcel que de dentro. Tome usted el dinero que me queda. Si llega usted a Francia, escriba usted a la criada vieja de casa de Sandow.