Las inquietudes de Shanti Andia
Las inquietudes de Shanti Andia Le gustaba a Yurrumendi, cuando relataba estos cuentos extraordinarios, documentar sus narraciones con una exactitud matemática, y asà decÃa: «Una vez, en Liverpool, en la taberna del Dragón Rojo…» O si no: «Nos encontrábamos en el Atlántico, a la altura de Cabo Verde…»
Cuando se trataba de un barco, siempre tenÃa que explicar con detalles la clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.
Últimamente, las serpientes aladas, las sirenas, las brujas y la Curcushada, en combinación con la vejez y con el alcohol, le trastornaron un poco. Yo, que, de muchacho, tenÃa cierto ascendiente sobre él, intentaba convencerle de que debÃa tomar aquel mundo fantástico como real, si querÃa, pero sin darle demasiada importancia.
Él solÃa replicarme, de una manera solemne:
—Shanti, tú sabes más que nosotros, porque has estudiado; pero otros de más edad y de más saber que yo han visto estas cosas[53].
—Es verdad —decÃa algún viejo amigo suyo.
¡Pobre Yurrumendi! DarÃa cualquier cosa por verle en la tienda de poleas de Zelayeta o en el Guezurrechape de Cay hice, contando sus cuentos; pero los años no pasan en balde, y hace ya mucho tiempo que Yurrumendi duerme el sueño eterno en el Camposanto de Lúzaro.