Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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—Aquí hacía de todo. Organizó unos banquetes para dos o tres oradores, escribía cartas dando consejos al Presidente de la República; proyectaba un álbum de los políticos ilustres, hacía informes grafológicos y alguno que otro chantaje y falsificaba firmas con perfecta tranquilidad.

—¿Tiene usted algún retrato suyo? —le pregunté.

—Sí.

El agente me mostró una fotografía hecha en el gabinete antropométrico de la cárcel. Panchito estaba en mangas de camisa, desmelenado, con bigote corto y aire huraño. Se parecía muy poco al tipo cuidado y elegante que yo había conocido en casa de Pastelillos. Sin embargo, se veía que era él. Probablemente se había retratado así con la intención deliberada de no semejarse al hombre de la calle y para que si se publicaba su estampa en los periódicos, no se le pudiera identificar con facilidad.

Cuando le vi a Adolfito, comencé a darle broma por su amistad con el estafador.

«¡Vaya un olfato el de usted! —le decía—. ¡Y usted se las echa de hombre de mundo! Usted es una criatura, un pimpi. Se ha dejado usted engañar como un chino.»

Adolfo se defendía embarullando la cuestión y con argumentos que no venían a cuento.


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