Locuras de Carnaval

Locuras de Carnaval

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Cesé en mis bromas porque Mercedes me suplicó que no me ensañase con él. Bastante desgracia tenía en ser crédulo y bueno.

Estas son las defensas habituales de las mujeres. Los elegidos por ellas siempre tienen razón y nunca tienen la culpa de nada.

El idilio de Adolfo y de Mercedes siguió su marcha ascendente, y en la primavera pasada prepararon la boda. El joven Santovenia se presentó arrepentido ante su abuela, la vieja marquesa; debió de cantar la palinodia con arte, mostrarse arrepentido, y consiguió que le dieran su pensión.

Santovenia y Mercedes se casaron. Yo no asistí a la boda, porque no soy muy partidario de tomar parte en ceremonias y menos en las que me parece que tarde o temprano tienen que acabar desastrosamente.

Los recién casados marcharon a vivir a una casa de la Ciudad Lineal y los perdimos por algún tiempo de vista. Supimos que se dedicaban a la fastuosidad, que andaban en automóvil y que habían estado en San Sebastián y en Biarritz.

A consecuencia del fausto y del lujo tuvimos de nuevo, al comenzar el otoño, a la pareja en casa de Pastelillos.

—Seguimos haciendo el tonto —le dije yo al joven Santovenia.


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