Locuras de Carnaval

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Luis había tenido, por parte de la madre, algunos ascendientes perturbados: un tío abuelo había padecido manía persecutoria; una hermana de este, monja, alborotó el convento con unos estigmas que se le presentaron en las manos y en los pies, y otro pariente de la misma rama se distinguió por sus extravagancias.

Nada de esto era una razón bastante para que Luis tuviera un principio de enajenación mental; pero había indicios que hacían sospechar que el enfermo seguía la marcha de sus ascendientes. El cansancio, las fiebres, la excitación habían favorecido, sin duda, el que las taras hereditarias aparecieran en él.

«Quizá sería lo mejor llevarle a un sanatorio —dijo el médico—. Esto podría contribuir a agravar su estado melancólico, pero, en cambio, se hallaría vigilado. Si optaban por tenerle en casa, convendría que no le dejaran solo y que le acompañaran constantemente.»

Así lo hicieron, y Luis salía en automóvil unas veces con su madre y otras con sus hermanas.

El enfermo pasó algunos días buenos y pareció que se iba reponiendo. Comenzó a reunirse con sus antiguos amigos. Estos decían que lo encontraban muy cambiado y que hablaba muy poco.


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