Locuras de Carnaval

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—¡Déjale al pobre! —decía la madre—. Se ve que ha estado enfermo y que viene cansado. Cuando se reponga, ya se le podrá decir lo que se quiera.

—Yo creo que no tiene nada.

—Sí tiene. Está neurasténico.

—Eso no es nada. Son tonterías, caprichos de mujeres y de señoritos degenerados para darse importancia y hacerse los interesantes.

—No, no. Luis está malo; ha variado mucho en su estancia en el extranjero.

—¡Que ha variado! Porque no se ha comportado como un hombre, porque se ha mostrado flojo y débil.

—¡Qué culpa tiene él si es débil! No todo el mundo es fuerte.

Y la madre se echó a llorar.

—Está bien, está bien; no hablemos más de eso.

El padre de Ochoa no comprendía estas cosas. Creía que la vida sentimental y la comercial no se debían diferenciar en nada y que todo debía estar regido por el debe y el haber.

Llamaron al médico de casa, y este reconoció a Luis y dijo que estaba en un período de neurastenia aguda.


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