Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval PRÓLOGO
SAN SEBASTIÁN. Día de fiesta. La tarde es lluviosa y gris. Hay poca gente por las calles. Tengo que volver a Madrid. Pienso en el tren, en ventanillas abiertas y en corrientes de aire y me decido a hacer un gasto de capitalista o de político importante, no siendo ni una cosa ni otra, y a tomar billete en el sud-exprés.
La tarde la paso en el cuarto del hotel mirando el mar, y, ya de noche, voy a la estación. Pocos viajeros. Sigue lloviendo. Viene el tren y me meto en mi departamento. Soledad magnífica. Hace un calor agradable; la cama está blanda.
Poco a poco se acostumbra uno a este marchar de lado, se van confundiendo las ideas y se acerca el sueño. De tarde en tarde el tren se para y se oye el mugir del viento y el ruido de la lluvia, que azota con furia el techo del vagón.
Tras de varios ensayos infructuosos me quedo dormido y despierto cuatro o cinco horas después. Ya no hace tanto calor en el departamento. El tren debe de estar parado en medio del campo. Se oye como un suspiro o moscardoneo de la máquina y luego el fragor de una locomotora, que se acerca con un estrépito poderoso y que se aleja en seguida.
Nuestro tren silba y sigue su camino. Ahora ya es difícil dormir y pienso en lo que he hecho en los días pasados y después en cosas lejanas.
