Locuras de Carnaval
Locuras de Carnaval El examinar recuerdos de personas y de acontecimientos remotos me da la impresión de la mediocridad de la existencia. Comienza a mostrarse la luz turbia del amanecer en los cristales de las ventanillas.
«Ahora debe de hacer un hermoso frÃo por esos campos», me digo, y cojo el abrigo y lo echo a los pies.
Al llegar a El Escorial, el mozo del coche-cama repiquetea con un lápiz en la puerta de la cabina. Me levanto, me visto y salgo al pasillo del vagón.
Hay pocos viajeros. Al lado de una ventana, una pareja. Él, alto, fuerte, afeitado, con anteojos. Ella, esbelta, fina, un poco pálida y repipiada; una verdadera dama.
Le conozco a él, aunque no sé su nombre. Nos saludamos y me presenta a su mujer.
—¿Le están arreglando ahora la cabina? —me pregunta él.
—SÃ.
—¿Quiere usted sentarse en nuestro departamento?
—Con mucho gusto.
Nos sentamos los tres.
—Mi mujer le lee a usted —me dice él.
—¡Ah! ¡Muchas gracias!
—SÃ, le leo —afirma ella—. Dos o tres amigas mÃas también le leen. Yo creo que ahora las mujeres empiezan a leer más que los hombres.
