Los amores tardios

Los amores tardios

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VI

LA CARTA

Hay este tirador suizo, que coge la carabina distraídamente, dispara y da en el blanco; otro piensa, calcula, mira, se afianza en los pies, apunta reposadamente y no da nunca en el blanco, y hasta hiere, si se tercia, a un espectador. Algunas veces es la puntería la que da el éxito, no cabe duda; pero otras muchas es la casualidad.

¿Qué se va a hacer, amigo Joe?

Has ido por la derecha, y has errado; hubieras ido por la izquierda, y hubieras errado también. Es el destino. Hay quien es capaz de violar a la Fortuna y hacerla fecunda; otros, en cambio, ven que afila el hacha con intenciones aviesas y no se les ocurre más que poner la cabeza en el tajo para ser decapitados.

«Los hombres y la Fortuna», Evocaciones

Otro día Larrañaga vio que Pepita escribió afanosamente.

«¿Qué escribirá?», se preguntó.

Llenaba páginas y más páginas con una facilidad extrema.

«¿Qué escribirá?», se volvió a decir Larrañaga.

No se atrevió a preguntar lo que escribía, y cogió un periódico y se puso a leerlo.

Al terminar la escritura, Pepita salió con su carta.


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