Los caminos del mundo

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En las primeras páginas de este cuaderno he detallado las acciones en que tomé parte, y todas constan en mi hoja de servicios. No volveré a repetirlas.

Rendida Zaragoza, salí prisionero el mismo día de la entrega con la columna de jefes, oficiales y tropa.

Poco después nos dividieron en destacamentos y enviaron estos a diferentes puntos.

Yo fui con un grupo de oficiales dirigido a Pamplona, y después de un viaje penosísimo de muchos días, fatigado y enfermo, pude llegar a la ciudad navarra.

Prisionero, hambriento, maltratado por la barbarie del invasor, no es de extrañar que el estado de mi espíritu fuera triste y decaído.

Escribí desde allá a mi madre; y esta, que tenía muy buenas relaciones en Pamplona, avisó a varias personas distinguidas para que vinieran a verme. Gracias a sus atenciones pude recuperar la salud; si no, la desesperación y la melancolía hubieran acabado conmigo.

Al reponerse mis fuerzas fui a visitar a varias familias aristocráticas, a darles las gracias por sus cuidados, y en una de estas nobles casas conocí a Mercedes Rodríguez de la Piscina, a la que hoy es mi mujer.

Mercedes era una muchacha ideal, amable, sonriente, dulce, tímida. Nuestras almas se comprendieron al momento, y en la primera mirada fuimos el uno del otro.


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