Los caminos del mundo

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A las dos o tres semanas de vivir en casa de madama Chevalier, Jerónimo Belmonte me invitó a ir a su cuarto a jugar al tresillo; fui, y me chocó que en este día, como en los sucesivos, nos obsequió con vino de Borgoña y con otros de marca excelente. Me dijo que se los regalaban; me pareció muy raro, pero no manifesté extrañeza.

Un día averigüé de dónde venían las botellas. Me había citado Belmonte para que fuera a su cuarto, y, sin duda, se olvidó de la cita. Llamé a su puerta, y como no me contestaban, empujé y entré en su habitación. No había nadie; la ventana estaba abierta y se oía hablar. Me asomé a ella y vi en un patio estrecho, húmedo y sucio, a Belmonte, al flamenco Hans y al otro asistente de Minali, el Noy; los tres arrimados a unas rejas echando lazos hacia dentro.

Aquellas rejas daban a una gran bodega, y Belmonte y los dos asistentes se dedicaban a robar botellas de vino a lazo. Así se explicaba el buen Borgoña con que el oficial mutilado obsequiaba a sus visitas.

Salí del cuarto de Belmonte sin meter ruido; pocos días después me mudé de casa.

La nueva pensión adonde fui era de un monsieur Bonvalet, pasante de un colegio; parecía más limpia que la otra; pero la alimentación era tan deficiente, que estaba uno siempre lánguido y débil.


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