Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Comprendà a través de la careta que la mujer se habÃa turbado y avergonzado.
—Está bien —dijo con dignidad—. No le preguntaré a usted nada más. Me voy.
—Es que yo no le conozco a usted —repliqué—; no le veo la cara. No tengo motivos para tener confianza.
—Y si me viera usted la cara, ¿tendrÃa más confianza?
—Según.
La máscara me llevó a un extremo del salón y se quitó la careta. Era una mujer hermosa, morena, de ojos negros y brillantes.
—Tiene usted unos ojos soberbios —le dije.
—¿De verdad?
—SÃ. Creo que no voy a poder olvidarlos. Y eso que estoy enamorado.
—¿Está usted enamorado?
—SÃ.
—Un español, ¿no está siempre enamorado?
—No siempre. ¿TenÃa usted algún interés en saber mi nombre?
—SÃ.
—Pues me llamo el barón de Oiquina, y en este momento estoy citado con algunos de mis compatriotas que trabajan allà para implantar la Constitución… No dirá usted que no tengo confianza.