Los caminos del mundo
Los caminos del mundo PRIMEROS PASOS
UNA tarde de febrero, al anochecer, fui al café de Lorencini a ver si encontraba a Aviraneta. Lo vi; estaba el café desierto, y hablamos. María, Conchita y yo habíamos ido a una fonda de la calle de Preciados.
Aviraneta me dijo que acababa de alquilar un cuarto en una casa de huéspedes de la Plaza Mayor, en el ángulo de la escalerilla que baja a la calle de Cuchilleros.
Aviraneta dijo en la casa que era administrador de un ricachón de Soria, y que le era indispensable estar con frecuencia en el campo.
Añadió con sorna que había llevado a la patrona, de regalo, un queso comprado en la calle, y la buena señora quedó convencida de que era muchísimo mejor que los que se vendían en Madrid.
—¡Ay, don Ignacio! —parece que le solía decir—. ¡Qué queso nos ha traído usted!
Charlamos un rato y le pregunté a Eugenio:
—¿Cuándo nos veremos?
—Mañana iré por su casa de usted.
—¿Por la mañana?
—Sí; a las nueve.
Nos despedimos, y al día siguiente me había levantado y estaba esperándole, cuando la criada de la casa, una gallega cerril, entró y me dijo:
—Señorito.
