Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —Ahora, atadlo.
Entre el Majo y yo le atamos y lo dejamos tendido. Aviraneta tenÃa una mordaza en la mano y se la puso al fraile.
—Vámonos —dijo Aviraneta.
—Ahora, mi venganza —exclamó MarÃa; y arrodillándose junto al fraile exclamó varias veces:
—Soy Visconti. Me conoces, ¿verdad? Me conoces. Ahora vas a morir.
Nosotros, los tres hombres, contemplábamos espantados aquella escena. De pronto MarÃa sacó del pecho un estilete delgado, como una aguja de hacer media, que brilló a la luz del farol como un relámpago, y lo clavó en el pecho del fraile. Luego, con sus dos manos pequeñas, hundió el arma en el cuerpo hasta que no se vio más que la empuñadura. Se oyó un estertor confuso, y luego, poco después, ruido en la calle.
—Vamos, vamos —dije yo—. Nos van a perseguir.
MarÃa no querÃa moverse. El chispero la cogió en brazos, la levantó en el aire y salió con ella detrás de nosotros.
Cruzamos un pasillo, atravesamos un patio y salimos a un portal frente a la plaza del Biombo.
Aviraneta se puso el hábito del fraile y dio a MarÃa su capa.