Los caminos del mundo
Los caminos del mundo LAS PERIPECIAS DE LA FUGA
MARCHÉ yo por la calle del Biombo, no muy de prisa, para no dar la impresión de que huÃa. Iba horrorizado. Al pasar por delante de San Nicolás, un embozado me detuvo.
—Alto, ¿quién va?
—Carlos, Adhesión y Fe —contesté yo.
—Adelante. ¿Qué hay, amigo?
—Nada de particular.
—¿Mucha gente por allá?
—SÃ, alguna.
—¿Tiene usted un cigarrillo?
—Tome usted.
—Muchas gracias.
Luego me quedé asombrado de poder haber seguido aquel diálogo vulgar en el estado en que yo me encontraba. Tal es la fuerza del instinto de conservación.
Por la calle de Santiago, y luego por la de Milaneses, entré en la Plaza Mayor hasta la escalera que baja a Cuchilleros. Al llegar allÃ, la puerta estaba entornada. Aviraneta esperaba en el portal vestido de fraile. Me dijo que el sereno le habÃa acompañado, y que él, sintiéndose paternidad, le habÃa contado una porción de mentiras.
Esperamos media hora; no apareció MarÃa.
