Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Entretanto, avanzaba el invierno, época en la cual es imposible emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en medio de la nieve.
Ribero encontró una proporción, que durante algún tiempo nos llenó de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante de Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán, confiada a un administrador.
Se escribió al señor Jordá, diciéndole que preguntara a su administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que nos contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos los papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante del depósto, y si este encontraba algo sospechoso, le podía costar a uno ir a la cárcel.
El administrador de la finca de Perpiñán contestó al señor Jordá diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.
Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi amigo Ribero recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.
Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona produjo alguna sospecha en el comandante.
Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía el nombre ni las señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto por fracasado.