Los caminos del mundo

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V

EL TRINEO

AL día siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.

Era todavía de noche, pero se veía tanto como de día.

La luna brillaba hermosa en el cielo claro.

—Señal del frío que hace —dijo Aviraneta— y del que nos espera por esos montes.

A la puerta de la posada, Ganisch tenía preparado el trineo.

Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha, hasta que la mañana vino a mostrarnos un paisaje magnífico. A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a nuestro paso más que unos cuantos soldados franceses alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto uno que llevaba un fusil.

Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía. Aviraneta le dio unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.


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