Los caminos del mundo
Los caminos del mundo EL TRINEO
AL dÃa siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.
Era todavÃa de noche, pero se veÃa tanto como de dÃa.
La luna brillaba hermosa en el cielo claro.
—Señal del frÃo que hace —dijo Aviraneta— y del que nos espera por esos montes.
A la puerta de la posada, Ganisch tenÃa preparado el trineo.
Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha, hasta que la mañana vino a mostrarnos un paisaje magnÃfico. A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a nuestro paso más que unos cuantos soldados franceses alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto uno que llevaba un fusil.
Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañÃa. Aviraneta le dio unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas galanterÃas para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó generoso burgués. Nos alejamos de allà y seguimos adelante.
