Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Elorrio, hombre de cabeza clara, tenía buena memoria. Antes de estallar la guerra había vivido en una pensión de la calle de la Cruz. Solía frecuentar mucho en aquel tiempo el Ateneo, donde pasaba buena parte del día leyendo, y por ese motivo había escogido un hospedaje en las proximidades de la Docta Casa. De la suya al Ateneo apenas necesitaba unos minutos para trasladarse cruzando las plazas del Ángel y la de Santa Ana.
En los tiempos pasados próximos, para poder procurarse algún ingreso suplementario a lo que constituía la base de su vida, además de sus colaboraciones periodísticas escribió un par de libros que, por prudencia o por lo que fuera, aparecieron sin llevar su nombre en la cubierta. Había que resguardarse contra los azares de un incierto futuro. En el periódico de América firmaba Juan de Oyarzun. En pleno período revolucionario suspendió su colaboración.
En su avatar de viajero, Goyena iba a llamarse Juan Elorrio.
Como escritor no podía decirse que hubiera alcanzado nombre de los que suenan en las conversaciones, pero entre los del oficio comenzaba a estimársele, a ser tenido en cuenta debido a su seriedad, a su competencia, a su cultura y a un estilo claro y preciso, sin adornos y recovecos retóricos.