Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Tiempo atrás, Elorrio, que acostumbraba llevar barba bastante crecida y el pelo también un poco largo, había prescindido de su exuberancia capilar. Tenía el pelo rubio, tirando a rojo, y la barba del mismo color. Sin melenas y sin barba parecía otra persona. Así daba la impresión de un hombre de veinticuatro o veinticinco años, pero tenía algunos más. Para salir de Madrid, no solo se cortó el pelo, sino que se lo tiñó de negro y disimuló sus ojos poniéndose gafas de cristales oscuros. No podía sorprender aquello, pues, según algunos maliciosos, en ese tiempo la población madrileña sufrió de repente una epidemia de oftalmias y conjuntivitis más o menos auténticas que les obligaba a taparse los ojos. Pero no era una necesidad terapéutica la que obligaba el tratamiento a los supuestos enfermos, sino una necesidad de disimulo y disfraz.
Elorrio pensó primero en marchar por el Metro al Puente de Vallecas, pero todas las estaciones estaban por entonces muy vigiladas.
Estas estaciones se iban convirtiendo en asilo de gentes pobres que llevaban con ellos colchones pequeños o por lo menos una manta, y dormían en un túnel como podían.
La policía pedía con frecuencia la documentación a todos los que se refugiaban en los subterráneos del Metro.