Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Había aparecido en el hotel, a visitar a un señor, un cura joven, calvo, al cual no se le notaba la coronilla. Procedía del campo rojo, de donde había podido evadirse y, para conseguirlo, había salido de Madrid, donde se había dejado crecer la barba, vestido de miliciano y con una insignia de la FAI Procedía de Toledo, a cuya ciudad habían llegado cincuenta hombres de la FAI de Jaca y habían decidido, primero matar a todos los curas, después a los ingenieros y al último a los médicos. ¡Qué mortalidad de hombres de la Edad de Piedra!
Hablaba también la amiga de Gloria en su carta que un legitimista francés que había en la pensión donostiarra, medio Quijote, medio Tartarín, a todas horas con su boina en la cabeza, que había tomado parte en la toma de Irún y de San Sebastián, y al que sin duda sus compañeros le decían que Francia era un país ateo, entregado al Frente Popular, que era lo que más abominaba el buen señor.
Como noticia dada en esa carta, Elorrio se enteró de que en Bilbao, en el «Cabo Quilates», habían matado a Gregorio de Balparda, un enérgico historiador vasco, culto, a quien quisieron nombrar de un tribunal para fusilar a alguna gente fascista de San Sebastián. El desventurado Balparda fue muerto a tiros por los guardias de a bordo.