Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte El jefe, Gorrischas de apodo, fue a visitar a Evans a su hotel. Era un hombre inteligente y atrevido. En San Sebastián mandaban anarquistas y comunistas, forasteros, gallegos, castellanos, navarros de la Ribera y portugueses, que no pensaban más que en hacer estupideces aparatosas. El vasco Gorrischas, con los nacionalistas que le seguÃan, fue al cinturón de Bilbao que defendÃan muy bien. Los blancos tomaban algunas trincheras apoyados por los aeroplanos que tiraban bombas, pero de noche iban ellos, los desalojaban de las trincheras. Asà hubieran estado mucho tiempo, si no hubiera habido traición entre ellos y los planos de las fortificaciones pasaran a los enemigos.
El joven vasco, jefe de su pequeña cuadrilla, estaba en ParÃs y trabajaba llevando las cuentas de un comercio, y al anochecer iba a una escuela militar, porque pensaba que la guerra europea se acercaba y querÃa tomar parte en ella.
—No comprendo para qué, la verdad —le dijo Evans.
—¿A usted le parece un mal proyecto?
—MalÃsimo. Como carrera, no la va usted a hacer. Eso es evidente. Si tiene éxito, cosa que no me parece probable, no le dejará al extranjero más que las migajas.
—¿Y qué le parece que debo de hacer?