Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Sigue de dibujante y acuarelista —contestó Elorrio.
—SÃ, eso ya lo sé. ¿Es español o americano?
—Pues no se lo puedo decir. Apareció en Madrid hace dos o tres años y tuvo éxito.
—¿Y de dónde venÃa?
—Pues tampoco lo sé. Al parecer venÃa de América.
—¿Habrá Abel en el santoral romano?
—Lo ignoro.
—Parece que ha de ser nombre judÃo.
—Puede ser. Si lo es, esto no le quita para que sea un hombre amable y simpático.
Dieron el inglés y el español varias vueltas a la plaza.
—Ya en ninguna parte cantan las chicas —dijo Evans—. No sé si porque han olvidado las canciones o porque no tienen ganas de cantar.
—Es verdad, en Madrid tampoco cantan.
—Aquà solÃan cantar aquello de…
Marlbrough s’en va-t-en guerre,
mironton, mironton, mirontaine,
Marlbrough s’en va-t-en guerre,
Ne sait quand reviendra.[3].
—También cantaban:
Que t’as [de] Belles Filles,
Giroflé, Girofla;