Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Una vida de forzado —contestó Elorrio—. Vivo en una casucha mala, me levanto y me pongo a trabajar, y cuando estoy cansado vengo aquÃ, al hotel del Palais Royal, donde está Escalante y unas señoras amigas y hablo con ellos. Después salgo; como en algún fonducho, me voy a casa, me tumbo en la cama y después vuelvo otra vez a trabajar.
Algunos dÃas Elorrio iba a la Biblioteca Nacional. Después regresaba al mÃsero hotel, tomaba un poco de pan y un trozo de chocolate, y se iba a la cama.
Esa era la vida que ordinariamente hacÃa. Ya no salÃa de noche. A veces le invitaban a comer o a cenar. PreferÃa la comida, porque se iba acostumbrando a no cenar más que alguna cosa ligera.
—¿No tiene usted en ParÃs algunas amistades? —le preguntó Evans.
—¿Amistades? Pocas. Hablo con unos y con otros, pero lo que se dice amigo, no tengo ninguno, excepto el pintor que usted conoce que se llama Abel Escalante.
—SÃ, lo recuerdo.
—¿No hay muchos españoles?
—No faltan. Pero cada uno de ellos tiene su problema, y para todos ellos, de un modo o de otro, la vida les resulta difÃcil.
—Se comprende. Y este Abel, ¿qué hace ahora? —preguntó Evans.