Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Me alegro de verle. Asà podremos renovar nuestras conversaciones madrileñas, que ahora serán parisienses. Pero no quiero detenerle. Usted irÃa a alguna parte.
—Tengo que echar una carta.
—Yo tengo que hacer un artÃculo diario, y al mismo tiempo seguir traduciendo un libro para un editor de América. Hace uno una vida de forzado.
—Pues yo iba a hacer un poco de ejercicio, para esperar la hora del almuerzo. Asà que, si a usted le parece…
—Pasearemos juntos… Muy bien.
Siguieron andando el diplomático inglés y el escritor Luis Goyena, que ahora se llamaba Juan Elorrio. No era la primera vez que paseaban juntos, pues allá en el Madrid del Retiro los habÃa visto recorrer alguna vez sus avenidas, mientras discutÃan sobre los problemas de la polÃtica española, el turno de sus partidos y los nuevos rumbos de un proceso social que iba a concluir de una manera desdichada.
Uno y otro seguÃan pensando que la única solución que habrÃa podido tener la República española habrÃa sido la dictadura. Una dictadura inteligente, sin presión espiritual de ninguna clase.
—¿Qué vida hace usted? —le preguntó Evans.