Los pilotos de altura

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VIII

LA TABERNA DE ALTONA

DESPUÉS DEL ENCUENTRO con el barco abandonado en que apareció el negro Commoro, nos cogieron días malísimos, hasta la recalada del cabo Lizard[80], de Inglaterra.

Seguimos barajando la costa, a poca distancia de ella.

Cuando llegamos a la altura de Ámsterdam principiaron los vientos contrarios y una niebla muy densa; después empezó a nevar. Así estuvimos varios días, con un frío espantoso, siempre con la sonda en la mano, mojados y echando la nieve a paletadas. Por fin llegamos a Hamburgo, y comenzamos la descarga. Oyarbide se marchó en seguida a la ciudad a casa de una señora que, según decían, era amiga suya.

Con la policía tuvimos algunos tropiezos. Un gabarrero de mala sangre, un alemán, morenito y agrio, se empeñó en desesperarme. Le daba yo la nota de lo descargado, y él cogía el papel, decía unas palabras insultantes en alemán y lo tiraba al agua.


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