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II

UNA EJECUCIÓN EN LA PLAZA DE SAN FRANCISCO

DOS DÍAS DESPUÉS, Sevilla ofrecía un espectáculo sensacional. Iban a agarrotar a un bandido, aventurero y pirata, asesino de una mujer de vida airada.

La plaza de San Francisco sería, como de costumbre, el lugar de la ejecución. Esta plaza de San Francisco, como muchas españolas de aquella época, cambió repetidas veces de nombre; fue primero de San Francisco; luego, de la Constitución; luego, del Rey, y, por último, de Isabel II; pero para el pueblo sevillano seguía siendo de San Francisco.

La plaza de San Francisco, como ahora, estrecha y larga, tenía a un lado el ayuntamiento; enfrente, la Audiencia y varias casas particulares, pequeñas y bajas. En medio se erguía la fuente con su estatua y su taza pequeña en alto, de donde caía el agua a otra mayor y más baja.

Se levantaban en la plaza algunos altares con santos de todas clases, pintados y vestidos, y una capilla de la expiración de Cristo, completamente dramática. Existían también muchas tiendecitas de platero con sus escaparates, en los que se exhibían ajorcas, sonajeros, filigranas: el trabajo barroco y pintoresco de los orfebres andaluces de a principio del siglo XIX.

El pavimento de la plaza era de piedras menudas, encajonadas en cuadros hechos con fajas de losetas.


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