Los pilotos de altura
Los pilotos de altura EL GRITO DEL REO
EN AQUEL INSTANTE SE ENCONTRARON los dos Embil que dÃas antes se conocieron en la casa de Correos.
—¡Hombre, usted por aquÃ! —preguntó Embil el viejo.
—¿Y usted también?
—A mà me ha traÃdo el saber que el reo ha sido marinero.
—Yo también he venido por curiosidad.
Con el viejo Embil se encontraba el amo de la fonda donde se alojaba.
Avanzaron los tres por entre el público.
—¿Quieren ustedes que subamos al balcón de esta casa? —preguntó el fondista—. Conozco al inquilino que vive en el segundo. De ahà se verá muy bien…
—¿Qué, vamos? —dijo el viejo.
—Bueno, vamos.
Entraron en el portal, subieron por una escalera estrecha hasta el segundo piso, llamaron, les abrieron, cruzaron un corredor, pasaron, precedidos por la criada, a la sala, y aparecieron en un balcón, desde el cual se dominaba la plaza y el patÃbulo.
—Desde aquà vamos a verlo todo muy bien —dijo Embil el viejo.
—SÃ, demasiado bien —añadió el joven.