Los pilotos de altura
Los pilotos de altura SE HABLA DE CHIMISTA
MESES DESPUÉS, al llegar Ignacio Embil joven a Cádiz, de vuelta de un largo viaje, recogió en la fonda el recado de que fuera a visitar a Embil viejo.
Embil joven marchó a casa de su homónimo, a la calle de los Flamencos, y se encontró al viejo marino en la cama, enfermo.
Charlaron de varias cosas, y como el viejo se quejara de las incomodidades de la casa de huéspedes, el joven le preguntó:
—¿Por qué no va usted a su pueblo con su familia?
—¿Para qué? —repuso el viejo—. Allí no piensan más que en explotarle a uno. ¡La familia! ¡Cualquiera se fía de la familia! La última vez que estuve en Elguea me vino un pariente a decirme que era sobrino mío, que teníamos la misma sangre y otras sandeces. Yo le dije: «A mí no me importa nada que usted sea sobrino mío o no; yo no tengo parientes. Es lo que tengo que decir, no tengo parientes, ¿está claro? Pues, ¡hala de aquí!».
—Pero de esta manera se va usted a quedar solo —observó el joven.
—¡Psch! Lo mismo da. No quiero parientes. Siempre pidiendo dinero, ¡qué voracidad! ¡Qué ansia! Nadie se acerca a uno más que a eso: a pedir.