Los pilotos de altura

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IV

SE HABLA DE CHIMISTA

MESES DESPUÉS, al llegar Ignacio Embil joven a Cádiz, de vuelta de un largo viaje, recogió en la fonda el recado de que fuera a visitar a Embil viejo.

Embil joven marchó a casa de su homónimo, a la calle de los Flamencos, y se encontró al viejo marino en la cama, enfermo.

Charlaron de varias cosas, y como el viejo se quejara de las incomodidades de la casa de huéspedes, el joven le preguntó:

—¿Por qué no va usted a su pueblo con su familia?

—¿Para qué? —repuso el viejo—. Allí no piensan más que en explotarle a uno. ¡La familia! ¡Cualquiera se fía de la familia! La última vez que estuve en Elguea me vino un pariente a decirme que era sobrino mío, que teníamos la misma sangre y otras sandeces. Yo le dije: «A mí no me importa nada que usted sea sobrino mío o no; yo no tengo parientes. Es lo que tengo que decir, no tengo parientes, ¿está claro? Pues, ¡hala de aquí!».

—Pero de esta manera se va usted a quedar solo —observó el joven.

—¡Psch! Lo mismo da. No quiero parientes. Siempre pidiendo dinero, ¡qué voracidad! ¡Qué ansia! Nadie se acerca a uno más que a eso: a pedir.


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