Los pilotos de altura
Los pilotos de altura EL DIABLO, EN EL CONGO
AL DÍA SIGUIENTE, DESPUÉS DE LA CONSULTA MÉDICA de Chimista, que yo presencié desde una ventana, comimos de la misma manera, con vinos generosos y con champaña al postre, y cuando pasó la fuerza del sol fuimos a visitar el poblado próximo.
No hicimos más que entrar por la puerta de adobes en la aldea, cuando vimos [a] un grupo de hombres, mujeres y chicos detrás de un negro, vestido de máscara, gritando y cantando.
El pueblo estaba alborotado. Chimista, que sabía algunas palabras en bantú, se enteró de que aquel hombre disfrazado representaba al diablo.
—Había oído hablar de ello; pero no lo había visto nunca. Tienes suerte en poder ver este espectáculo —me dijo.
El diablo llevaba un traje rayado horizontalmente de blanco y negro, hecho con cortezas de árbol. Ni una sola parte del personaje quedaba al descubierto, sin exceptuar las manos y los pies. La juntura de la chaqueta con el pantalón quedaba oculta por una faja de tejido de hierba. Cubría el rostro una careta de madera, esculpida y pintada, figurando la cara de un viejo con enormes anteojos, y un pedazo de piel gris formaba la peluca, tapándole completamente la cabeza.